Thoran.
Me sorprendió llegar a la posada y no ver a nadie. Cierto es que me había distraído con Shaldrim en la posada, bebiendo y hablando de nuestras vidas, y llegué tarde, bastante tarde.
Subí a la habitación de Airif y encontré la habitación bastante desordenada. En el ambiente noté el perfume que usaba Thira. Miré a ver si había alguna nota o algo, pero no encontré nada. Suspiré desesperado por no saber nada de ella y encontrarme únicamente con el olor de Thira.
Todo estaba en silencio, hasta que oí la puerta de la posada abrirse. Bajé rápidamente y me encontré con Alyä acompañada de un hombre. Ella me miró y parecía enfadada.
-Hola, Alyä. ¿Sabes algo de Airif...? -pregunté preocupado.
-¿En serio te importa? -me preguntó ella, bastante seca y fría.
-Pues... claro... -no entendía nada.
-¿Entonces cómo tienes el valor de acostarte con Thira y dejar que ella le diga a Airif que ya no la quieres? -me cogió de la camisa y me zarandeó amenazadoramente.
-¿Cómo...?-susurré confundido.- Yo he llegado hace un rato y no he estado con Thira para nada, si no con mi jefe Shaldrim, en Khadros...
-Sí, claro... -susurró la mujer soltándome bruscamente.
-Es cierto. Yo quiero a Airif, no le haría daño de esa manera. -dije muy serio.
Ella me miró. De poder matar con la mirada, estaría ya más que muerto. Estuvimos así bastante rato, o al menos a mí se me hizo eterno.
-¿No te importará que hable con tu jefe para verificar que has estado con él, verdad?
-Me duele que desconfíes de mi palabra, pero no me importa. -me miró fijamente, con duda.- Te aseguro que yo no he querido nunca hacer daño a Airif.
-Vale... De todas maneras, no te preocupes demasiado por ella. Está con mi hermano. -dijo la chica, girándose y dirigiéndose hacia la puerta.
-¿Dónde?-pregunté. Había pasado algo raro y quería hablar con Airif urgentemente.
-En un lugar al que ningún ser terrestre puede acceder. -contestó, marchándose sin dejar que le hiciera más preguntas.
Airif.
Recorrimo Elinghad y yo mucho camino. Ninguno de los dos dijimos nada. Intentaba no pensar en ello, pero en mi mente aparecía una y otra vez la imagen de ellos dos, desnudos, haciendo lo que Thoran afirmó querer hacer sólo conmigo. La ira y la tristeza ocupaban cada rincón de mi mente y mi alma. Sentía cómo Junibi se revolvía en mi interior, queriéndome hacer que soltara todas mis frustraciones. Pero no pensaba permitir que un demonio me dominara, tenía que ser fuerte. Además, lo único que podía matar era a Elinghad, y él no me hizo nada. Es más, quería ayudarme.
Nos detuvimos. Frente a nosotros teníamos un enorme lago, aparentemente solitario. Él silbó y de la nada apareció un enorme animal alado. Me recordaba a un lagarto, pero era demasiado grande. Era negro, en la cabeza tenía un par de cuernos y otros seis en la cola, todos de color blanco. Tenía unas garras fuertes y afiladas.
-¿Qué... qué es eso, Elinghad? -pregunté, intimidada por semejante animal.
-Un dragón. -dijo con tranquilidad.- Uno de los mucho que crío en el lugar en el que te vas a entrenar tú.
-Esto... pero yo no soy un dragón.
-Lo sé... -me miró y me guiñó un ojo.- Pero tendrás que saber defenderte de alguna bestia similar. Tanto por tamaño como por poder.
-¿Poder...? -pregunté.
-Mientras volamos, te iré explicando.
El dragón se tumbó en el suelo y esperó a que ambos subiéramos. Me dio bastante miedo el tener que subir a un animal desconocido para mí y con aspecto tan fiero, pero subí a su espalda, abrazándome al doma-dragones. Le ordenó ir al Valle Colmillo Muerto. El nombre me asustó bastante, no quería ser devorada por un dragón. El dragón alzó el vuelo y me gustaba la sensación de vértigo que me provocaba.
-En fin... te explico. Me ha dicho un "dragoncito"... -le miré seria, no me sonaba que la frase fuera así.- Lo siento, los dragones me apasionan de tal manera que si puedo los sustituyo. Como decía... me ha dicho que tienes un juguetón lobito dentro de ti. -noté cómo Junibi volvía a enfurecerse, no le gustaba que le tratasen así al parecer.
-Agradecería que no hicieras esos comentarios... él se enfada...
-¡Oh! Perdón. En fin. Tú tienes que aprender a controlarle a él y que su influencia negativa no se haga dueña de ti. Y sobretodo, dominar tus poderes. -le escuché con atención.- Y en eso, te ayudarán mis amiguitos. Entrenarás tu fuerza y agilidad enfrentándote a fuertes y veloces dragones, y dominarás técnicas mágicas, como la bola negra que invocas, hasta que tú sepas regular el grado de poder que quieras que tenga.
-¿Qué quieres decir con eso último? -pregunté, no entendía qué quería decir.
-Me refiero a... pongamos un ejemplo. Te encuentras con alguien a quien odias muchísimo. Querrías matarlo, como es lógico. En ese caso, debes concentrar mucho poder en tu ataque mágico, si es que lo va a ser, para que alcance un poder destructivo muy alto. Sin embargo... si quieres dar un pequeño susto, debes concentrar menos cantidad.
Le entendí, pero no sabía si eso podría hacerlo. Siempre que lo he intentado ha sido para destruir, no para asustar.
-Tranquila, aprenderás. -dijo al ver mi cara de duda.- También sería adecuado que hablaras con tu lobo para que te diga qué clase de cosas puedes llegar a hacer. Tómate tu tiempo para ello, pero no dejes pasar demasiado.
Asentí. Pensé en lo que me había dicho y supongo que me dijo lo del tiempo por mi estado actual. La verdad es que no podía pensar con mucha claridad y tampoco me apetecía hablar con mi demonio. Suspiré y el viaje siguió transcurriendo en silencio. A lo lejos pude ver un gran valle, separado del resto del terreno por un gran precipicio. Conforme nos acercábamos, pude verlo mejor. Era bastante rocoso, con un lago a la derecha del todo desde donde me encontraba. Había bastantes cuevas, tanto en el suelo como en la pared de los pequeños montes que tenía el valle. Al lado del lago había una cabaña de piedra. Tampoco había demasiada vegetación, sino unos pocos árboles secos distribuidos por el valle. El dragón aterrizó y bajamos Elinghad y yo de él. De repente vi muchas cabezas asomar de las cuevas y me asusté. Había dragones de muchos tamaños y colores, pero todos con la misma apariencia de ferocidad. Rugieron todos a la vez y el hombre alzó la mano a modo de saludo. Después de eso, todos los dragones volvieron a sus cuevas, incluido el negro que nos había llevado hasta allí. Elinghad me guió hasta la cabaña, aunque no tenía pérdida. Me enseñó la vivienda y me asignó una habitación. Era más pequeña que la que tenía en la posada, pero para lo que la necesitaba era suficiente. Me dejó sola, deseándome que descansara y pasara buena noche. Le di las gracias antes de que se marchara y me tumbé en la cama bocarriba. Era cómoda, pero de repente noté que algo me faltaba. Deseaba no estar enamorada de nadie, pues lo que echaba de menos era a Thoran. Estar abrazada a él, sentir su calor, sus besos, sus caricias. Una lágrima salió de mis ojos, seguida de otras muchas. No podía reprimirme más y lloré como llevaba tiempo deseando. Pero lloré en silencio, no quería llamar la atención de nadie. Me sentía sola, muy sola, a pesar de tener a Alyä como amiga y la posibilidad de entablar amistad con su hermano. Pero no podía fiarme de nadie al cien por cien. Ya no. Tras ese pensamiento y recordar una vez más a los dos hermanastros haciendo el amor, me quedé dormida aún con lágrimas en la cara.
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