Airif
Ahí desperté, en un lugar desconocido para mí, vestida ligeramente con unas ropas bastante destrozadas. No recordaba nada, ni quién era, ni de dónde soy... nada. Me incorporé, quedándome sentada y miré a mi alrededor. Estaba en un bosque, completamente rodeada de árboles y, por lo que pude comprobar, lejos de un camino que pudiese llevarme a algún lugar más humano. Tuve el valor de intentar buscar una manera de salir de ahí, así que me incorporé y me encaminé hacia el sur, deseando encontrar algo o a alguien que me pudiese dar una pista de quién era.
Ahí desperté, en un lugar desconocido para mí, vestida ligeramente con unas ropas bastante destrozadas. No recordaba nada, ni quién era, ni de dónde soy... nada. Me incorporé, quedándome sentada y miré a mi alrededor. Estaba en un bosque, completamente rodeada de árboles y, por lo que pude comprobar, lejos de un camino que pudiese llevarme a algún lugar más humano. Tuve el valor de intentar buscar una manera de salir de ahí, así que me incorporé y me encaminé hacia el sur, deseando encontrar algo o a alguien que me pudiese dar una pista de quién era.
Tras largos minutos caminando, los cuales me parecieron eternos mientras pensaba una y otra vez, tratando en vano recordar algo de mí, encontré un lago. Me arrodillé en la orilla, me miré en él y vi mi reflejo. Vi un rostro joven, no debía aparentar más de 18 años. También vi mi cabello, casi dorado y sobre los hombros. Labios finos. Nariz pequeña y redonda. Y lo que más me impactaron fueron mis ojos. Cuando los vi, a veces les cruzaba un destello rojizo. Me asusté, aparté la mirada de ahí durante unos segundos y volví a mirar. Seguían ahí. Confundiéndome más. Haciéndome dudar de si era o no un ser humano. Temiendo que si me encuentro con alguien, no pueda ayudarme ni una pizca, por parecer un bicho raro al ver mis ojos. Me arrodillé junto al lago, sin dejar de mirar esos ojos que tanto me asustaban, intentado ver qué podía ser o a qué se debía ese cambio tan extraño. Miré a mi alrededor, no había nada, sólo árboles rodeando el lado, nada que pudiera reflejarme nada en los ojos. Suspirando, me tumbé sobre la hierba, al lado del lago y cerré los ojos, intentando relajarme un poco. Oía ardillas corretear y saltar de una rama a otra. Las envidiaba en cierta manera. Ellas sabían lo que tenían que hacer. Coger comida, correr, criar... sabían lo que eran. Pero yo no. No estaba segura de nada. Un mar de confusiones se mezclaba en mi cabeza, haciéndome dudar de lo que era, haciéndome creer que era algo anti-natural.
Sin quererlo, me dormí. Me desperté al rato, viendo que ya había anochecido. Me incorporé y volví a andar, buscando un lugar donde refugiarme y, a ser posible, encontrar algo de comer. Tras mucho caminar, vi una luz a lo lejos, una luz brillante, típica de una posada. Eché a correr y pude comprobar que estaba en lo cierto, era una posada. Miré discretamente por la ventana, pero no vi a nadie. Me acerqué a la puerta y la abrí con cuidado. Me extrañó mucho no encontrar a nadie ahí dentro, pero aún así me acomodé en un asiento, mirando a mi alrededor. Era un salón pequeño, con unas escaleras en frente de la puerta. Al lado de las ventanas, había dos sillones y un sofá en medio, haciéndoles frente a una chimenea encendida. Donde yo estaba sentada, tenía una barra completamente limpia y vacía, tras ella había varios productos (bebida, comida, platos, cubiertos, vasos, jarras) y un fregadero. Volví a mirar a mi alrededor y me permití el lujo de cogerme algo de agua y un poco de pan y queso para comer. Sentí que llevaba semanas sin probar bocado y devoré la comida. Cuando acabé, fregué el vaso, el cuchillo y el plato en un momento, y tras eso me tumbé en el sofá, incapaz de subir arriba donde, seguramente, habrían habitaciones. Oí pasos que bajaban y me quedé inmóvil, esperando que pasara de mí, y para mi suerte, discutía tras otros pasos que la seguían por detrás.
- Odio tener que ir de posada en posada recogiendo lo que queda de ti porque te encanta jugar con las mujeres. -dijo una voz femenina.
-Y yo odio que tengas que tratarme como a un niño pequeño. -le contestó una voz masculina.
Respiraba lo justo para no hacer excesivo ruido y no cortar su discusión por mi presencia.
- No tienes remedio, te trato así porque sigues pareciendo un niño pequeño al que lo único que le importa es jugar y jugar.
- No me gusta jugar, no es mi culpa que fueran unas bellezas que babeaban por mí. -dijo con un tono burlón y prepotente.
- No eres tan guapo como te crees, sólo eran unas mujeres casadas que, como sus maridos que están lejos cumpliendo con su deber y vieron a un chico joven que podría hacerles un favor. -dijo gritando, provocándome un gran dolor de cabeza.
-Mira que dices tonterías... -dijo exasperado el chico.
-Mira que dices tonterías... -dijo exasperado el chico.
Se me escapó un gruñido, y debió ser tan fuerte que ellos se callaron al ver que no estaban solos, ni les escuchaba respirar. Me maldije a mí misma por permitir que se me escapara el gruñido y haberme descubierto a mí misma. Qué tonta me sentí.
- ¿Quién hay ahí? -preguntó el chico, volviendo a respirar.
- Yo... -alcé la mano por encima del sofá, resignándome a seguir ocultando lo evidente.
-¿Y tú eres...? -preguntó la chica.
Me incorporé y les miré. El chico era una cabeza más alto que ella, ambos morenos y de ojos marrones, aunque los ojos de la chica eran más claros, un tono miel. Iban vestidos de negro y ambos estaban de pie, mirándome fijamente.
- La verdad... es que no sé quién soy. Desperté hará unas horas en el bosque y vine hasta aquí. -Aparté la mirada mientras decía aquello, aunque fuera la verdad era lo suficientemente triste como para no poderle sostener la mirada a nadie, no me sentía fuerte. Además, me daba miedo que mirasen mis ojos de manera continua, no quería asustarles... aún. El chico se acercó a mí y se inclinó, mirándome.
- No me importa si no me creéis. Pero... es así. No sé quién soy, qué soy, de dónde soy ni nada relacionado conmigo. -dije sin mirar a nadie.
- Es bastante triste que te encuentres en esa situación. -dijo el chico con dulzura.
-Thoran... no empieces a ligar ahora, está destrozada, no creo que quiera dejarse...
-Cállate, Thira. Sólo intento ser amable. Ponte tú en su lugar. -se incorporó enfadado, se le notaba en la voz. Alcé levemente la cabeza y le miré.- Tú me tienes a mí, pero ella no tiene a nadie. Y me da pena que alguien esté solo en el mundo.
- Tampoco sabes si ella ha podido buscárselo, igual le dio un ataque de locura, mató a toda su familia y, cuando entró en razón, corrió al bosque y se las ingenió para olvidarlo todo. -dijo sin cortarse nada, haciendo que me diera una punzada en el corazón, provocándome dolor. No entendía por qué sentía algo de remordimientos. O una parte de mí sabía que eso era cierto, o me dolía que ella sin conocerme de nada pudiera pensar algo similar.
-No te pases... eres más cruel a veces de lo que te crees. -noté que su mirada se clavaba en mí.- Perdónala... aunque no se lo merezca, le cuesta confiar en la gente.
- Yo no me arrepiento de nada, hermanito... -tras decir eso, abrió la puerta de la posada.- Volveré en unas horas, voy a buscar algo. -Salió sin esperar despedida de su hermano.
-En fin... siento que te haya podido herir. Deberías descansar, igual mañana logras recordar algo. Sube a una habitación, coge la que quieras. -me habló con amabilidad, me extrañó, pero me hizo sentir mejor.
-Estoy... bien aquí. Además, no creo que deba... no sé, agenciarme una habitación por las buenas. No llevo dinero ni nada para pagar una habitación y... -no pude seguir, me puso un dedo en los labios y un escalofrío recorrió mi espalda al notar su piel.
-Nadie controla esta posada, mi hermana y yo estamos aquí por... bueno, motivos sin importancia. Quédate, así, con el tiempo, podemos coger confianza y... no sé, ser amigos. No me gusta ver a la gente sola. -me sonrió. Esa dulzura tan extraña me estremecía y me hacía sentir extraña. Quise escapar de ahí, no me sentía demasiado cómoda, dado que yo seguía sin saber quién era.
-Está bien... voy a subir a una habitación. Gracias. -me levanté y me dirigí hacia las escaleras, escogiendo una habitación.
Era pequeña, pero bonita. La cama parecía cómoda. Había también un armario, un escritorio con una silla y la ventana dejaba ver la inmensidad del bosque. Me tumbé en la cama y me dormí de nuevo, deseando que al despertar, pudiese saber algo de mí.